
Se habla mucho de los padres viendo crecer a los hijos y no tanto de los hijos viendo crecer a los padres. Mi viejo viajó solo de Mendoza a Buenos Aires, con su cuadernito de dibujos fué a tantear el terreno para que después partieramos mi vieja, mi hermano y yo. Me he preguntado muchas veces cómo hizo para que un desarraigo que en ese entonces era como irse de un país a otro (sin internet, sin aviones accecibles, apenas un cable de un teléfono que desde una terraza le servía para comunicarse con mis nonos) no fuera una situación traumática para mi y mi hermano. Ahora que soy madre pienso en todas sus batallas, entiendo sus miradas severas cuando mis acciones fueron un tanto descarriladas y no dejo de olvidarme de su mano tibia curando mis heridas en todos los momentos más difíciles de mi vida, aún cuando viajé a España y por dos años no nos vimos, mi viejo siempre estuvo conmigo.
Ví crecer a mi viejo, de muchacho bohemio a artista consagrado y no puedo dejar de sentirme orgulllosa de sus logros y su personaje seguido y querido por muchos, pero por sobre todas las cosas no puedo dejar de pensar en todo lo que hizo y hace por mi.